Légèrement rose
14:55:00El cuarto de hotel estaba lleno de un intenso olor a rosas, y cuando la brisa corría desde la ventana al lecho, el cuerpo se le estremecía. Los dedos le recorrieron un lado del cuello, avisándole e hirviéndole la piel como antracita difícilmente encendida, y ella se arqueó, lanzando el mayor de las inspiraciones mientras él le besaba por el cuello y más abajo por su valle.
El pesado aroma del más delicado perfume le llegó a
la nariz, estremeciéndole.
—Mon amour —le
dijo, sin aliento.
El hombre mantuvo su nariz metida en sus oquedades.
No habló, y se deleitó con aquella cadencia naciente en los labios de su amante.
—¡Oh, amor mío! —dijo otra vez.
—Querida, escucharte es uno de las
delectaciones más grandes que podría tener.
Se sonrió, y le acarició el pelo suavemente.
Lord Dubosc era un rico hombre precedente de la
familia Dubosc, le llamaban Lord Dubosc III, y su familia para ese siglo (XIX),
era una de las más influyentes. Así mismo, se encontraba en compromiso
matrimonial, y en ese momento pocas ataduras lo detenían. Era rico y estaba en
plena mocedad; se divertía de cada cosa que la vidorria le daba.
La femme,
sin embargo, no era más que una desdichada. A veces, trabajaba en los barrios
bajos, en los rincones más oscuros de la ciudad, aún si cuando su familia no
era procedente de ningún dineral. Su madre poseía un pequeño puesto para frutas
en uno de los barrios centrales; subsistían, sin embargo, y ellas eran muy
felices.
Conoció a Lord Dusboc una noche donde se trabajaba.
Su jefe le había pedido atender a su grupo de compañeros y a él y ella, con las
mejillas del color de la más roja camelia, le atendió a él. A Franck Dusboc. Le
pareció tan encantador y airoso, apuesto, en su demencial. Y fue tan grandioso,
estar con él, fue como una de las mejores y mayores artes de la vida.
Y mientras le besaba en los labios, mientras le
acariciaba los cabellos y le tocaba con dedos trémulos por debajo de la camisa
de algodón, se permitió pensar en toda la pasión del momento. En cómo su
corazón acelerado parecía querer salírsele del pecho, en cómo podía sentir
también el corazón del fascinante hombre encima de ella, y se encontró
dilapidada en su propia burbuja.
Le amaba.
. . .
Los dedos le acariciaban el brazo, delicados y mimosos,
el aroma de las rosas se había ido, y ahora solo podía respirar el olor del
exquisito perfume de Franck y toda ella olía así.
Cuando llegó la hora de irse, Lord Duscob comenzó a
vestirse, y cuando se inclinó para pegar los labios dos segundos completos en
la frente de su amante, se le escuchó suspirar.
—Que tenga un hermoso día, ma chère —le dijo, como
siempre lo hacía, mientras se ponía el saco encima de los hombros. Sostenía la
galera en la mano izquierda—. Nos veremos en otra oportunidad.
—¡Oh, espere por favor! ¡No se vaya todavía! —Ella se
adelantó, con las sabanas del color de los narcisos apenas cubriéndole el
cuerpo desnudo.
El Lord se dio vuelta, mirándole con las cejas altas.
Miró hacia abajo y luego volvió a mirarle a la cara, curioso.
—¿Qué podría usted querer de mí ahora, mon chère?
Se sonrojó, y dejó salir una risita mientras se
acariciaba las mejillas con el dorso de la mano. Se mostró firme, aunque las
manos le sudaban.
—Quiero su promesa.
—Estoy un poco confundido.
—Quiero que me prometa que no va a olvidarme. Usted
está comprometido, lo entiendo, pero me sería un gran alivio el saber que no va
a dejar de verme. Que no va a olvidar nuestros encuentros.
Sus cejas se juntaron, y parecía estar escuchando una
de las frases más incomprensibles del mundo. Luego de un largo momento,
finalmente alzó otra vez las cejas y se echó a reír.
—¡Qué cosas más intensas dice usted! —dijo, negando—.
Estaré viéndole, se lo prometo. Usted es una de las cosas más fascinantes que
he conocido, encantadora y demencial.
Ella le sonrió,
finalmente estando satisfecha con sus palabras; pero cuando Lord Duscob se fue,
un agudo escalofrío le recorrió completa. Ahora, ella ya no olía a nada. Y sus
papilas gustativas aún tenían el sabor de su amante.

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