Relato: Recóndito proyecto de los súper humanos.
14:22:00
Abril de 1991,
día 22.
PROYECTO E.D.C.B.A.
Rusia, Omsk.
Despertó en una
sala repleta de personas vagando de un lado otro apresuradamente. Otros, se
encontraban sentados en sillas con enormes computadoras vetustas y máquinas de
controles, y había alguien en especial sentado en una silla en medio de todo
aquello, un hombre. O quizás un chico. Con aspecto desorientado, apenas parecía
ser capaz de mantener los ojos abiertos, parecía… Parecía no estar seguro de lo
que hacía allí.
Cabeceó de un lado a otro, quejándose
mientras intentaba en vano de mover los brazos. Estaba encadenado hasta en los
lugares que no muy estaba seguro debería ser encadenado.
Oh…
Sí que estaba perdido, como alucinando.
Cuando abrió los ojos y pudo mantenerlo abiertos, se dio cuenta de que alguien
estaba delante de él, con un cuaderno y lápiz en la mano. Un hombre enfuscado
en una sucia bata blanca y lentes gigantes en el rostro, se dio cuenta de que
sudaba, demasiado. Probó hablar, abriendo la boca inútilmente. Quizás había
olvidado hablar.
—¿Q… En dónde estoy? —No recibió
respuesta, siendo ignorado con intentes. El hombre apenas le dio una mirada,
volviéndola rápidamente a su regazo. Probó otra vez—: ¿Podría decirme dónde me
encuentro?
Nada. Y estaba comenzando a perder la
paciencia. Apretó los dientes, enfurecido y, porque no, temeroso a la vez. Se
movió y las cadenas resonaron, chocando entre sí. Siguió moviéndose aunque
sabía por sentado que no haría nada para cambiar el estado en que se
encontraba, pero siguió, agitándose en el asiento que supo era de acero y
vociferando maldiciones. Quizá no logaría zafarse pero sí que lograba que todos
le dieran ojo. Necesitaba saber que hacía ahí.
Una de las cadenas, de las que se
encontraban en su muñeca izquierda, hizo un chirrido y antes de que siquiera lo
pensara, mientras se estremecía y gritaba por respuestas, esta se desprendió. Y
se había soltado. Quedó tieso, helado e incapaz de hacer más nada que quedar
con la boca abierta, seca y a punto de soltar otra exclamación. ¿Era capaz de
romper las cadenas? ¿De… dónde había venido tanta fuerza?
Pero no dejó que aquello le atrapara
mucho más, y con esa nueva habilidad encontrada, se desprendió de todas las
cadenas. Y toda la sala a su alrededor estalló en alaridos de sustos. Oh, no
sabía de donde había venido todo aquello, pero le gustaba.
Lanzó un gruñido, dejando que las cadenas
cayeran a sus pies como cuerdas livianas. Una sirena había empezado a sonar en
aquella sala, ruidosa, sin embargo, ni se molestó por el sonido. Su objetivo
era aquel hombre de bata que había decidido no darle las explicaciones que
quería.
Levantó la mirada, ladeando la cabeza a
un lado. Se sentía mucho más determinado de lo que se había sentido nunca. El
hombre frente a él estaba asustado, oh, eso lo podía hasta oler, y sudaba ahora
mucho más. Temblaba, incluso.
Le vio tragar saliva.
—N-no me hagas daño, p-por favor
—imploró, notándose el temblor hasta en su voz. El tipo parecía dispuesto a
echar a correr en cualquier momento, lo que le causó saleroso. En serio, era de
lo más divertido ver aquello.
Sacudió la cabeza, quitando la mirada de
aquel hombre. Ah, no era capaz de jugar con el pobre hombre. Estaba seguro de
que no era de ese tipo.
Intentó decir algo, pero muchos pasos
apresurados se empezaron a escuchar, murmullos y terminó frunciendo el ceño
hacia un grupo de personas que entraban a la sala. No personas cualquiera, pudo
reconocer el uniforme militar.
De pronto estaba siendo rodeado por todos
esos militares, e intentó echarse para atrás, alzando apenas un pie y girando,
quizá pensaba en escapar, pero también había militares ahí, apuntándolo con
armas de fuego. No bajó la guardia, aunque estaba bastante temeroso por todo
aquello. Se dio cuenta de que estaban abriéndole paso a una persona; seguro
importante, pensó enseguida. Tenía que serlo para que ese grupo tan grande de
militares estuvieran dispuestos a volarle la cabeza a él en cualquier momento,
aunque no había hecho nada para merecerlo, en realidad.
Echó un paso hacia atrás al ver aquel
hombre, le pareció casi conocido su rostro. Vestía un ridículo traje formal y
traía una gran sonrisa en los labios. Tenía que admitir que no le gustaba aquello.
El hombre abrió los brazos, todavía sonriendo.
—¡Apreciad a este chico, todos! ¡Mirad
cómo ha demostrado de lo que está hecho! ¡Decidme si no ha estado fantástico el
espectáculo que nos ha dado! —dijo él, entusiasta. Casi parecía a punto de
echarse a aplaudir.
El chico frunció el ceño, tan profundo
como pudo.
—Estoy bastante sorprendido, lo admito.
Aunque creí que te soltarías mucho más rápido, pero bueno, quizás para la
próxima, ¿te parece? —preguntó, aunque parecía que en realidad no estaba
dirigiéndose a nadie, ni estaba mirándolo ya.
El hombre hizo un gesto con el dedo, e
inmediatamente el hombre anterior, el de la bata sucia y lentes, apareció,
todavía un poco tembloroso. Levantó el cuaderno y el lápiz y parecía totalmente
listo para todo lo que el hombre de traje le pidiera.
—Toma nota, Maxwell.
—Soy Christopher, señor —corrigió, un
poco apenado porque el hombre para al que trabajaba no recordara su nombre en
absoluto. Sin embargo, el otro hombre frente a él no parecía importarle, e hizo
un gesto de irritación.
—Como sea. Toma nota. ¿Estás listo? —preguntó.
—Sí, señor. —El acreditado levantó el
cuadernillo, arreglándose los lentes con el dedo y listo para escribir.
—El soldado ha mostrado mejorías
después de veintidós días, parece haber descubierto otra forma de escapar. Y escribe, más abajo en
observaciones: ubicar
más cadenas NO ha funcionado. Es
que… —se frotó el puente de la nariz, cerrando los ojos— ¿En serio? ¿A quién se
le ha ocurrido semejante idea? Es una tontería.
—No tengo ni idea, señor —contestó el
pobre, quien justo al terminar, cerró el cuadernillo y lanzó un suspiro.
Exhausto, quizás.
Y nada de aquello tenía sentido. Y
entonces, nadie parecía capaz de explicárselo a él. Quién no hacía más que
mirar la cara de los presentes, buscando respuestas, que quizá no iba a
encontrar.
—Muy bien… Creo que ha terminado todo por
hoy, llevaos al soldado a su cuarto. Con cuidado, recordad que debe de estar un
poco desconcertado.
Oh, desconcertado era poco para lo que se
encontraba. Pero antes de que pudiera preguntar algo, alguien lo interrumpió.
Un chico vestido de guardia.
—Señor Leager, ¿cómo llevaremos al…
soldado —parecía que le costaba decir esas palabras. El señor Leager se detuvo,
mirando al chico por sobre el hombro— al cuarto? Hoy no tiene las esposas como
las ha estado llevando, quizá ponga resistencia.
Cuando el chico terminó, Leager se echó a
reír odiosamente, dejando en silencio a toda la sala, solo escuchándose él.
Cuando terminó, hizo un gesto con la mano, como demostrando que había
terminado, se sacudió el traje con las manos, alzando una ceja.
—Llevadlo como lo habéis estado haciendo
todos los venerables días, el soldado no ha puesto resistencia nunca, y no lo
hará ahora, estoy seguro. Solo… haced que tus hombres le agarren de los brazos
o yo que sé, no puede ser tan dificultoso. Es algo que habéis estado haciendo
todo el mes —chasqueó la lengua.
—De acuerdo, señor.
Leager se giró, sacudiendo la cabeza y
desapareciendo tan pronto había llegado. De pronto ya no se sentía tan
determinado como antes, estaba confundido y deseaba descubrir en dónde rayos
estaba metido. ¿Qué era aquello de soldado? ¿Era él un soldado? ¿Cómo…?
¿Qué significaba todo aquello? ¿Y a dónde
lo llevarían ahora?
Leager se había referido a días atrás, y
eso quería decir que había estado un tiempo metido en todo eso pero, ¿por qué
no podía recordar nada? ¿Había alguien en esa sala que podía resolver todas sus
dudas? Por ahora, solo se dejó llevar. Aunque sabía que era lo suficientemente
capaz de soltarse de aquello militares, aunque… no sabía si era capaz de
salvarse de un balazo en la cabeza. En realidad no sabía nada de aquello, en
qué cosa estaba metido, y quería descubrir de lo que era capaz.
Los militares le llevaron fuera de la
sala de donde estaba, sacándolo a un pasillo largo, con apenas unas luces
iluminando, cuando cruzaron la primera esquina, él seguía mirando por encima
del hombro hacia atrás. Pero rápidamente se cruzó con los ojos de un militar,
con la mirada dura y acomodándose el arma en el hombro. Quería intimidarlo, y
casi se rió de eso. De hecho, lo hizo, haciendo un sonido con la boca como
especie de burla y soltando una sonrisa.
Tenía cuatro hombres encima de él, dos en
los hombros y otros dos al frente y atrás. Era incapaz de mover un brazo
apenas, y empezaba a faltarle el aire. Se desequilibró un momento, cuando
rodeaban otra esquina, y dándose el tiempo para echar vistazos a todos lados;
tratando de recordar luego todos los pasillos. Pasaron por una puerta grande,
metálica también, por dónde casualmente alguien salía. Captó luz solar de
inmediato, pero la puerta se cerró cuando deseó haber visto mucho más. Aquello
tenía que ser alguna salida. Memorizó cada cruzada de esquina, y enumeró los
minutos que le llevó llegar hasta el último pasillo en el que se detuvieron a
la salida. Aquel pasillo tenía más de diez puertas, totalmente forjadas con un
material que no reconocía, pero parecía bastante fuerte. Todas tenían un pedazo
de vidrio en el medio, como para que cuando a alguien le apeteciera simplemente
se asomara para ver hacia dentro. Se preguntó si esconderían a más personas
ahí, soldados, como él.
En cambio, olvidó todo aquello cuando
alguien lo empujó hacia dentro de un cuarto, uno de aquellos cuartos, y pudo
admirar hacia dentro como si fuese la primera vez. Aunque sabía que
probablemente no lo era. Todo era extremadamente iluminado, en comparación con
toda aquella base tan sombría, denigrante. Y se limitó a parpadear, mientras se
dejaba arriar bandera, dejando que un guardia (el que se había dirigido a
Leager antes) le guiaba hasta dentro. No quería estar ahí, estaba seguro.
El guardia le llevó hasta el centro de la
habitación, y no habló: simplemente dejó que él se ajustara a aquello, o eso
especuló, cuando le miró se dio cuenta de que solo se había ido hasta una mesa
en una esquina para sacar algo de un maletín. Al instante se dio cuenta que era
una inyección.
Una inyección.
¿Tratarían de dormirlo? O… ¿Era aquello
lo que hacía que olvidara todo lo pasado cada día? Se echó hacia atrás,
abatido. ¿Cómo eran capaces de hacer aquello? No iba a permitir que lo
hicieran, no nuevamente. Le pondría un alto.
Cuando el hombre se acercó, quizá pensaba
que él otro no diría nada, pero habló, muy firme:
—No —sacudió la cabeza—. No voy a
permitir que-
—Oh, por favor. Coopera y solo deja que
te inyecte esto. Aunque siempre te opongas, no consigues lo que quieres —dijo,
casi cansado.
Pero él no se inmutó, no iba a dejarse.
Más bien, se sintió ofendido por aquellas palabras. ¿Cómo era capaz de decir
aquello? Era… grosero.
—He dicho que no. —Dio un paso adelante,
acercándose al hombre. Vio una sombra de miedo cruzándole por los ojos, pero
desapareció casi al instante.
Cogió al hombre por el cuello, alzándole
por varios metros del suelo, su fuerza era algo sorprendente, casi lograba
sorprenderle a él mismo. Escuchó como la inyección que llevaba en la mano se
caía por el temor mostrado de nuevo en los ojos del hombre. Seguro no se
esperaba aquello.
Gruñó, apretando más fuerte.
—Me han sometido, quien sabe cuanto
tiempo, en esta base, tratándome como un jodido juguete, nombrándome por
nombres entupidos…. —dijo, apretando los dientes, inyectado en furia— ¿…Y
esperan que siga sus ordenes?
El hombre cogido por el cuello por sus
manos intentó hablar:
—Nosotros… No-
—Shh. Silencio —le interrumpió,
agudizando los oídos a lo que pasaba fuera en el pasillo. Escuchó pasos
acelerados.
Soltó al hombre, lanzándolo hacia la
esquina de la habitación. El cuerpo cayó encima de la mesa, rompiendo ésta y,
quizá no había dejado al hombre desmayado, pero sí que lo había dejado inhábil
para moverse. Solamente podía escuchar sus quejidos al salir de la habitación,
encontrándose con un montón de militares antes de dar más pasos por el pasillo.
Se quedó quieto, por un momento. Midiendo
su determinación. Ladeó la cabeza justo en el momento en el que daba un paso y
un disparo salía disparado hacia él. Sin embargo, dio en su hombro, y se giró
para mirar el estado de su herida. Observó con excitación como ésta se cerraba
de nuevo, dejando atrás más que una pequeña cicatriz sonrosada.
Oh.
Sonrío, volteándose hacia la minúscula
masa de militares frente a él. Y todo se desató entonces; habiendo disparos,
gritos y alguien en especial gritó:
—¡Está curándose por sí solo! ¡Llamad
refuerzos, mierda!
En cambio, mientras se deshacía de todos
aquellos militares, apenas recibió otros tres disparos, apreciando como las
heridas se iban casi de inmediato. Cuando acabó, había sangre por todo el
pasillo, en las paredes, y él también estaba lleno de ella; pero no de la suya,
sin embargo. Soltó la pistola en sus manos y echando un vistazo a todo, estando
seguro de que había acabado, empezó a emprender marcha a lo largo del pasillo,
un poco trotando y caminando alígero.
La alarma se activo de nuevo en la base,
pero esta vez tenía un propósito diferente. Ya podía sentirse libre. Rodeó las
esquinas necesarias hasta encontrar la gran puerta de metal anterior, pero
antes de salir, se encontró de frente con una de las cámaras de seguridad. Alzó
la cabeza, y sin pensarlo, sonrió. Casi en modo de victoria, aunque sabía que
tras esa puerta encontraría muchos más militares esperándolo. No importaba,
había sido capaz de acabar con los demás, y era capaz de hacerlo con más.
Salió, enfrentándose a otro montón más de esos hombres uniformados.
Junto a la alarma, había una voz que no
paraba de repetir lo mismo:
—¡El experimento B ha escapado de su
jaula, repito, se ha escapado! ¡Llevad a todos los escoltas hasta la salida
ahora mismo! ¡Repito, el experimento B ha es-!

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